La confianza y la inocencia van de la mano.
Se necesitan, se alinean. Se buscan.
Cuándo uno abandona esa etapa, dulce, ignorante, despreocupada, en dónde todo es no saber, no ser. La confianza no resulta precisa.
Es como cuando uno está enamorado. Luego del primer beso no imagina una infidelidad. Se presupone la correspondencia.
Pero cuando el diablo mete la cola, cuando ese
jueguito se te escapa de las manos, el cielo se pone oscuro, el río yace turbio y la duda retuerce las tripas.
La inocencia camina sola, hasta que le da la mano a la confianza.
Luego, la segunda, se abusa se la
ingenuidad de la primera. Le toma el codo y borra lo pactado.
Violar la confianza, quizás, no sea el pecado. Pues esa ruptura de la
privacidad, muchas veces, resulte compartida. Lo pecaminoso es, una vez rendida, confiada, recostada a nuestras espaldas clavar la lengua, como una punzante y fina daga.