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miércoles, noviembre 21, 2007

Macanudo

La verdad que no era un tipo agradable a la vista, no es que fuera feo pero si un tanto fulero. Digamos, no una cosa que no se pueda ni sostener, aunque bastante intolerable quizás.
Podría inferirse, que la naturaleza se expresó libremente y con gran sentido del humor a lo largo de su humanidad. Sin reparar en exageraciones, ni en desequilibrios, ni absurdos, trazó límites imposibles, curvas intransitables.
Los años de su temprana edad no fueron fáciles. Los jóvenes, se sabe, suelen ser más crueles en la gestación de sus bromas, en la medida que encuentran terreno fértil para cultivar los frutos de su despiadada creatividad. Tarea que no encontró un curso natural, puesto que debieron convocar asambleas extra ordinarias, de ordinarias discusiones, realizar concursos y torneos inter colegiales en varios distritos, para encontrar, aunque más no sea, un sólo término que se aproximara a una definición de semejante espécimen terrícola.
Los bailes representaron otro escollo a superar, aunque más no sea por los bordes. Incluso se puso en duda la metáfora de bailar con la más fea. Claro, que se abandonó al segundo, tal discusión, ante la imposibilidad de precisar el género de su sexualidad. Descubrimiento que muchos hubieran preferido no tropezar, ni siquiera en las extravagantes tiendas chinas, donde las ranas y anguilas resultarían más tentadoras, aún agolpadas parpadeando los cristales enfrentados. Pero fue en esa mínima distancia, que se imaginó contenido. Rodeado irregularmente por unos brazos suaves, sin callos ni quemaduras, sin estrías ni escamas. Experimentó, seguramente, la única sensación que las diversas capas de bello, anudadas entre sus orejas y las fosas nasales, dejarían llegar al cuero. Estalló en un frenesí irreversible. El pulso, que había abandonado sus venas por falta de objetivos, recobró la vitalidad que sólo un adolescente al entrar por primera vez a un colegio mixto en quinto año puede desarrollar.
Expandió su carnosa, porosa, ansiosa y reservada lengua dispuesta al húmedo y caluroso encuentro. Más no tuvo por toda respuesta, una corriente helada y tajante, como el no de una virgen treintañera que espera su príncipe azul refugiada en la lectura de los santos evangelios según Corintios. (1 Corintios 13:7)
Se corrió todo el cabello del rostro, incluso aquella frondosa expansión de las cejas que emergía como el torrente de una cascada sobre sus párpados, y alcanzó a distinguirse en el pequeño claro que el vapor saliente de su alama no había empañado. Más atrás, la recordó a ella; negándose al encuentro carnal y sin, siquiera, poder enunciar su irónico nombre delante o detrás de cada arcada.

Cuando la respuesta es no, el sí y la excusa son la misma mentira.