" A veces me pasa que, luego de contar tanto una historia, confundo la realidad con la fábula.Dos historias no se narran dos veces del mismo modo. Esto, las hace diferentes.Por eso como escritor, resulto buen cocinero"Luego de haber pasado todo el día en la ciudad de Colón, durmiendo en la playa o tomando mate en el cementerio, me arrojé a la ruta.
El sol, durante todas las benditas horas de la tarde, no amagó con retirarse ni adjudicarse descanso alguno.
Me sentí azotado, pensando en el inexplicable fenómeno de ser deshidratado por esa distante e impasible bola de fuego. ¿No tendrá calor, algún día?
Amo y señor de las rutas, que no soy, me creí. Durante más de 2 horas caminé, con una desorientación que roza la
desopilación, prácticamente; en círculo.
Un genio de tubo de ensayo, un mochilero de reserva natural, un leñador de
bonsái.
Mi espíritu, pesimista y negativo, nublado y obtuso, se
encontraba derrotado.
Pero, para contradecir una vez más esa falsa teoría
que habla de mi mala suerte, un buen hombre, o malo tal vez pues ni palabra crucé con él, me arropó, sin mucha paternidad por cierto, en la caja de su camioneta
improvisada y
depositó mi demacrada humanidad, hasta la entrada del Parque Nacional El Palmar.
La despedida, en función de mi agradecimiento, fue tan emotiva; que el polvo arrojado por esas
inescrupulosas ruedas se encargó de camuflarme hasta las muelas de juicio que ya no tengo.
Me sentí muy querido, realmente. Revisé mis axilas, de todos modos, en busca de algún detonante para tan efusivo saludo.
Sin hallazgo evidente, encaminé mi bella apariencia hacia el oasis de la naturaleza de Colón.
¿Alguna vez fueron? ¿Aman la naturaleza? ¿Llenos de polvo y a mil grados de calor? ¿La amarían de igual modo?
Una extensión de Palmeras, y más, más Palmeras, a lo largo de 12 km . De ida, y de vuelta.
Palmeras por aquí. Oh, Palmeras por allá. Debajo de las rocas, entre los caminos, a la salida de un arroyo.
Palmeras.
Mi humor, que no goza, corrientemente, de buena salud, ya lucía algo deteriorado.
Luego de horas hermosas de caminata, ya sin agua y con el capricho del sol resistiendo su relevo, tiré mi mochila lo más lejos que mis
paranormales fuerzas me permitieron. Un metro y tres centímetros.
Me senté, relinché como un potro enajenado y levanté la mirada.
Tendrán cierto sentido común para adivinar que interceptó mi visión.
Palmeras. No. Palmeras no.
Allí, abriéndose paso entre la agresiva
maleza, una fiera; quizás la más peligrosa de toda la fauna mundial, había aguardado el momento de mi fatiga extrema. El temor se apoderó de mi confundido razonamiento, tuve hasta la precaución de regular mi
bilirrubina.
El animal, feroz eslabón de los carnívoros, excitó sus sentidos, seguramente, al ver mis transpirados muslos y, creo, no estoy seguro, pude verle relamiéndose por mis jugosas pantorrillas una vez que se sentó
apacible en línea recta sobre el camino.
Fueron momentos tensos, donde elucubré las más
desopilantes estrategias. Incluyendo, en mi repertorio de domador de fieras circenses, el dialogo y el canto.
Sin dudar, aunque con temor, en un segundo me puse de pie. Para realizar, seguramente, el último escape de mi vida.
Pero, la
bestia y silvestre alimaña, más
rápida y
ligera que un rayo actuó primero.
Desapareció, sin más. Dejándome sin reacción posible.
Otorgándome, sí, un último razonamiento que me llenaría de pudor. Aquel que me permitiría darme cuenta que no era un lobo, sino un insulso, inocente y simpático Zorro.
Historias de Viaje - Diciembre / Enero - 2006 / 2007